(Obituario) Una sonrisa indeleble pero que se despidió para siempre

Estas fechas quedarán en nosotros como los refranes que ella lanzaba cada vez que podía, o como el recuerdo de su casa que nunca volverá a ser lo que era. Con estas palabras buscaré representar a mi hermana y a mi hermano, a mis primas y a mis primos, como también a nuestras sobrinas y sobrinos, que hoy lamentamos perder a la piedra angular de nuestra familia. Nuestra querida y adorable abuelita Inés. 

También quiero sumar a este mensaje al resto que compone a esta enorme familia, con especial énfasis en mi padre y en mis cinco tías que sin duda son quienes más están sufriendo. Por último, adhiero mis palabras a todas las amistades y a quienes vean en mí un resumen de todo lo que esta mujer significó para sus vidas. 

Esto no es fácil. Créanme que este desafío cubierto de tristeza muchas veces me impidió terminar este texto. ¿Cómo brindar unas palabras para quien nos dejó a sus 90 años? Técnicamente yo la conocí durante más de 20, lo que es mucho, pero seguramente no tanto como el recuerdo que pueden tener Víctor, Claudia, María Lucía o Sebastián, quienes pudieron conocerla más joven. O de Camila, Ignacio, Jesús, Tomás, José Miguel, Francisco o José Antonio, gran parte de estos últimos contemporáneos míos. Para qué decir de mi otro primo también llamado Francisco o de mi hermana Francisca, valga la repetición de nombres también con mi hermano José Antonio, pero no así con mi primo Vicente. Los nietos que le dieron Alicia, María, Lucía, Maribel, Lorena y Marcelo, junto a sus respectivas parejas, entre estas, mi madre. 

¿Cómo hacerlo así con los bisnietos? Víctor, Kayla, Sebastián, Joaquín, Sofía, Amaya, Simón, Mateo, Isabella, Sienna y Amanda, que ya viene en camino. En todos hay una visión distinta de la abuela y eso es para mí lo maravilloso de vivir. Los recuerdos, las percepciones, los detalles, las diferencias, los matices. Que María Inés González Orellana pronto sea algo más que un nombre. Una referencia y punto de unión de todos nosotros. 

Por lo mismo, intentaré recordarla de manera feliz, como creo que todos lo haremos de ella. Una mujer fraterna, de conversación extensa y humor arraigado. Pícara pero conservadora, cordial pero estricta, de voz alegre pero a veces culposa. Viva como ella sola, pero tierna de corazón, con una sonrisa indeleble pero que se despidió para siempre. Recuerden: la vida se refleja en los recuerdos, las percepciones, los detalles, las diferencias y los matices. 

Uno de los primeros aspectos a destacar de ti fue cómo sacaste a tu familia adelante, como viuda y madre de muchos hijos, en épocas donde eso sin duda era más difícil que ahora. Por mi papá estoy al tanto de que ustedes no eran precisamente ricos y que muchas veces tenían para lo justo, pero también que nunca les faltó nada, en tiempos donde la pobreza era más viva que el hambre, la que en Chile ya era mucha.  

Creo hablar por todos en confirmar que fuiste una persona importante, de partida, porque comúnmente estabas presente en los eventos importantes de la familia. Una prueba de aquello es que siempre otorgabas unas palabras, una oración religiosa, un cántico de iglesia o un brindis conmemorativo. Víctor Hugo decía que no hay nada más fuerte que una idea a la que le llega su hora y para ti esta siempre surgía cuando había más gente, cuando tu voz se volvía única y la más poderosa del lugar. Con la palabra precisa y la sonrisa perfecta, como canta Silvio Rodríguez.  

Eras de recibimientos fraternos y de despedidas emocionales, aunque, seamos sinceros, siempre inclinadas hacia el humor. Recuerdo la última reunión de Los Carretas celebrada en Los Maquis, un día largo y caluroso de verano. Fue una extensa jornada de encuentro, risas, afectos y recuerdos de épocas que ya se fueron. Ya para el final, luego de las fotos culmines, bromeaste a una de las presentes con esa locuacidad inclaudicable que te caracterizaba. “¿Ya se curó?”, le preguntaste por sus lágrimas al despedirse. Ella por supuesto se lo tomó para bien y lo contó a viva voz para todos. Eso es invaluable, una muestra de luz, casi un don.  ¿Quién lanza chistes cuando alguien vierte lágrimas y sale airoso de su cometido? 

Otro aspecto de tu personalidad que no se pudo llevar el viento era tu interés por viajar. En resumen, visitaste el norte y el sur de Chile, como también otros países, con especial énfasis en donde vivieron tus hijas en el extranjero. También lo hiciste a Italia e Israel, donde conociste Roma, el Vaticano y la Tierra Santa, como una refrenda a tu incesable labor y primario interés en la Iglesia. Con mucho respeto les comento que no soy creyente y creo que pocos en esta familia lo son, o quizás no tanto como lo era mi abuela. Sin embargo, en lo que sí creo es en la fe de las personas. En su leit motiv, en su energía y en lo que las mueve. En lo que las hace vibrar y sonreír. Mercedes Sosa decía que lo peor que le puede pasar a uno es no creer en nada, porque quien no cree en nada se vuelve extranjero de la vida. ¿Quién no le pidió una oración a la Inés cuando se venía algo importante? Quiero pensar en ese viaje a Tierra Santa como una manera de agradecer por todo lo logrado. 

Avanzando con tu historia amplia en atributos, otro punto importante tuyo era tu vocación cocinera. En lo personal, puedo contar una anécdota. De muy niño pensaba que tú eras la única que hacía humitas en el mundo, ya que siempre que las comía era en Rengo, en tu casa, en la misma mesa en que terminé de escribir esto. Nunca era en Santiago o en algún restorán. Por ello me sorprendía mucho cuando veía carteles en la carretera rayados con tiza blanca que decían “Se venden humas”, algunos de ellos sin la “H” inicial. Qué genial mi abuela, pensaba, que todos hacen lo que ella inventó. 

También eran muy importantes tus empanadas de pino, las que preparabas con la acuciosidad de un relojero y que luego combinaste con mucho pollo, o tu torta de mil hojas, con un gusto inolvidable que no he encontrado en ningún otro lado y una dureza indescriptible que solo se podía asemejar a la de tus panes de huevos, también exquisitos. Punto aparte eran tus calugas de leche que guardabas como tesoros, pero que emergían desde tus adentros como un momento especial y sigiloso, como si traspasaras algo de ti, porque hoy no veo otra explicación para todo fuese tan para callado y por el lado. Aunque, siendo sinceros, eso no era lo importante. ¿A quién le amarga un dulce?    

Otra de tus características era tu capacidad de recitar refranes y contar historias. Acá quiero tomar una pausa. Gabriel García Márquez, una de las voces narrativas más importantes de la historia, les hizo una pregunta a sus alumnos de un taller de cine que realizó en los 90 y que se encuentra íntegro en el libro “La bendita manía de contar”. ¿Quién creen que fue mi principal inspiración para contar historias? 

El colombiano no solo fue escritor de novelas. También fue poeta, ensayista, guionista, periodista, editor e incluso director de medios de comunicación, por lo que el abanico de posibilidades podía ser extenso. Lo episódico fue que, como buena pregunta, solo obtuvo respuestas erróneas. Salieron muchos escritores y conferencistas que seguramente él había leído, pero todos fallaron. Su mayor inspiración fue su abuela, una mujer que no sabía leer ni escribir pero que llevaba en el alma un ímpetu por historias excéntricas y fantasiosas como si en eso se le fuera la vida, y que a él como niño lo dejaban maravillado e inspirado en su adolescencia para contar las historias más hermosas del habla hispana.  

Yo creo que todos los nietos nos sentimos alguna vez así contigo, en ese plano, por las estilísticas frases que repetías y las reflexiones que estas dejaban. La lista no es breve. No apure nunca mucho el ganado flaco, para qué gastar municiones en jote, le falta el puro salto para sapo. No es tan feo al todo, con las patas y el buche, chancho limpio nunca engorda, del uno dijo Aceituno. Andan hilando babas, vine al propio, no he obrado. Me gustaría dejar abierta la palabra para que aquí los presentes repitan otras que falten. 

Esta es una fiel muestra de que su repertorio quedará patente por siempre. Todos reímos por tu recuerdo, tus intenciones y tus palabras. Yo creo que a eso se refería Gabriel García Márquez. No siempre es un gran narrador el que habla bonito, sino el que deja enseñanzas, maneras de ver la vida, y por más de que tus dichos a veces adhirieran a la ironía o la burla, siempre dejaban algo que te dejaba pensando.

Créeme abuelita que estos días han sido muy tristes. Hemos llorado en público y también en privado, en nuestra intimidad, acompañados solo por tu recuerdo. Verte ahora último era hallar a una persona distinta, una mujer que antes no habíamos conocido, pese a seguir siendo la misma. Quién se nos aparecía no era ni la sombra de antes. No podías caminar ni hablar. Veíamos tu cara pero no así tu rostro, o lo poco que quedaba de él. No pillábamos esa alegría y robustocidad con que te presentabas. 

Soy de los que cree en la ascendencia como una energía que no reconoce tiempo ni espacio y creo que tu muerte es al mismo tiempo la de una parte de todos nosotros. Reír o llorar no volverán a ser lo mismo. Tampoco visitar tu casa, abrir la puerta que se trababa a medio camino, sentir nuestros pasos por el piso de madera y ver las fotos de todos a la izquierda, o el mono de peluche, o el papagayo de cerámica. Menos lo será ubicarse en el living donde tantas veces nos reunimos para las distintas cosas que se nos podían ocurrir. 

Por nuestra parte, recuerdo el campeonato internacional de globos, que desafiaba a quien dominaba más antes de que estos tocaran el suelo, mientras que por la tuya, la interesante labor de matar moscas por 10 pesos. Un negocio que no se le habría ocurrido a ningún ingeniero comercial o encargado de presupuestos, porque quienes saben de esto tienen claro lo difícil que es. Requiere de una técnica y preparación que no se encuentra en muchos infantes o adolescentes, por ende, la suma que se podía obtener comúnmente no superaba los 100 pesos, algo que de todas formas nos servía para comprarnos dulces en la Mónica y encontrar algo parecido a la felicidad.  

Hoy te despediremos por la gran persona que fuiste. Lloraremos y no habrá momento en que no nos preguntaremos por ti. Pero también te recordaremos con alegría, consideración y amor, como prendas que no caían jamás de tu cuerpo. Nunca tuviste un motivo para no sacar una carcajada en ti y en los otros, como tampoco en demostrarnos que, pasara lo que pasara, éramos una familia. Y la familia no es solo compartir la sangre, los apellidos o los momentos. Es tener a alguien con quien hablar, ponerte al día y abrazarte por el tiempo transcurrido. Es saber que hay gente en este mundo que te recibirá porque que hay algo de ti en ellos. Como decía el ensayista francés Andre Maurois, sin un familia la persona sola en el mundo tiembla con el frío. Si ustedes me preguntan, es cierto que hoy hace frío, pero acá no veo a nadie temblar. 

Para finalizar, quiero comentarles de un ejercicio que hice al comienzo de estas palabras y que seguro a más de alguno le llamó la atención. Puede que otros no lo hayan notado, aquí voy. Comencé los primeros párrafos intentando nombrar, aludir o sentirse representados a la mayor cantidad de miembros de la familia y las amistades. Fue premeditado. Los quería a todos presente, como siempre los he sentido para mí. Pero saben, me faltó alguien. Una persona fundamental y que sin él nadie de nosotros estaría aquí. 

Es un nombre que nunca he encontrado en otra persona. Gumercindo Salazar, “don Gume”, mi abuelo al que nunca conocí pero que estoy seguro que te recibió en un lugar que no es aquí. Lo hizo con un abrazo extenso, con una sonrisa extremada y un “cómo estás, por qué te tardaste tanto. Yo vi todo desde acá y nunca te quise interrumpir. La familia creció y hoy todos se dedican a lo suyo…”. 

Te perdonará por sus desaciertos y también te recordará los momentos en que te hizo feliz. Él estará igual, con la misma personalidad y vestimentas que podemos ver en fotos que aún resisten el paso del tiempo. Te tomará de la mano y te llevará a una velada romántica que esta vez ya nunca más tendrá fin.