En el fondo, soy un medio para que te veas a ti mismo

Lo cierto es que ante las cámaras nadie es indiferente. Es lo mismo que ocurre con las puertas: su sola presencia ya nos advierte de algo. Puede ser tan común como entrar o salir de un lugar. Puede ser un paso, un retroceso o una detención. O puede ser un tránsito: un relato de un antes y un después, como esas historias bien narradas de antaño donde también nos sentíamos protagonistas por el hecho de apretar rec, de mover una manilla o de simplemente escuchar.  

Nadie actúa igual frente a una cámara como nadie actúa igual frente a una puerta. Puertas y cámaras, una sinergia vibrátil y más común de lo que se cree. 

Me pasó una vez que conocí a una sacerdotisa. En realidad la conocía de antes pero nunca así, como Lemuria. Les explico. 

Ella también tiene esa puerta de entrada que llamamos “nombre”. Una convención social que con dos a tres palabras domina el mundo. ¿Qué es todo eso para ti, que otro escogió por ti y que otros ocupamos para referirnos a ti? ¿Tienen que ver contigo necesariamente esas letras y el sonido que emiten todas juntas? ¿Hay un vínculo, cierta conexión? ¿Una liana onomatopéyica que te una? ¿Por qué seguimos ligados a esa decisión que ni siquiera se nos pregunta? Ella rompe con todo eso que nosotros inevitablemente sostenemos y ante mis ojos, a veces profundos de sueño, la volvía una persona atractiva por la cual escribir. 

«Esto es como abrir una puerta que jamás se vuelve a cerrar. Nunca más, entonces después tu cuerpo, el encargado de la conexión, ya lo sabe. Sabe cómo sanar solo y todo. Si metes la cabeza costará mucho más, pero entre más pienses en eso, menos ocurrirá». 

Palabras como las suyas confirman mi interés, incluso recuerdo cuando las transcribí. Lemuria —no precisamente la teoría del hipotético continente perdido que unía África con India y que se habría hundido en el Océano Índico—, comentaba que debía ese nombre también por la civilización que habitó en esos territorios, porque ella se sentía de ahí. Tenía una “yo” que en realidad no era “yo”, y si lo tuviera que explicar simplemente serían otras manifestaciones de ella, otras realidades, otros espacios y puntos. 

Subrayé esa frase con amarillo junto con otra en donde todavía se preguntaba cómo llegó a conectar con todas ellas como ahora, que con sus palabras y movimientos logra sanar mujeres. Con todas ellas como ahora, que con conocerte un par de segundos puede descifrar tu rostro, tu cuerpo y lo que está adentro. Apretar ese nudo que tanto espera aflojar, abrir la manilla y dejar fluir todo eso que por veces hace concebir la vida como perpetua pesadilla. Hacernos entender que tú, yo o quién sea, somos seres multidimensionales, o por lo menos más de lo que ya somos en este momento.

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Toda esta historia comienza en una sala de espera virtual cuyo paso hacia otra dimensión depende de un clic y que se me acepte en la conversación. Una puerta que difícilmente se vuelve a cerrar luego de la pandemia. 

Casi siempre los extremos, las lógicas binarias, los planos duales, son los más acosadores. Si eso se mezcla con tecnología, ni les digo. Hoy existen plataformas que te ofrecen la posibilidad de conversar mientras te espían como si no estuvieran. Otras cuidan de tus datos con el sentimiento del que ya perdió todo. Unas te ayudan a encontrar trabajo y otras son el trabajo. Algunas son para reputadas empresas y organizaciones que requieren algo que el resto no. Otras son levemente democráticas, pero de igual forma se quedan con tu información.Todo tiene que ver con lo amenazante que se ha vuelto el patriarcado en la era digital. O tal vez siempre fue así pero ahora está brutalmente masificado, como un virus que se traspasa al ritmo de las lógicas digitales que pueden ser todo menos lentas. En pocos segundos se acepta una videollamada en el mundo y se inicia una conversación. 

En la mía aparece la sacerdotisa Lemuria.

La simpatía de su saludo es envidiable y el albor de su sonrisa bien podría verse a lo lejos. Su cabello es rubio, delgado e inquieto, como el trigo que bajo un molino mece su contorno de la misma forma que lo hace su pelo alrededor de ese alegre rostro por este momento. 

El fondo de su transmisión exhibe las paredes de madera que estructuran su casa en Algarrobo, una que a esta hora tiene una iluminación perfecta para que ella mueva el teléfono varias veces y se pierda la señal. 

Sus palabras son rápidas y fervientes: a veces parece que se chocan entre ellas. Por ratos se inclinan hacia el sarcasmo y la ironía. En otras, tienen una etérea suavidad, como si fueran movidas por el aire. Lo noto una vez comenzada nuestra entrevista. 

¿Cómo es tener conexiones con algo más allá del mundo?

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Me cuenta que de niña se sintió rara, pero no de lo que ahora sería considerado “rara”, sino que despierta, entre comillas. Sus hermanos la molestaban y ella a veces prefería guardarse el motivo. Vuelvo atrás y le pregunto por qué tanto hincapié en las comillas como las que hizo con sus dedos y que se desvanecieron en el aire al poco tiempo. Responde que “entre comillas”, porque hoy la humanidad, de que esté consciente de las cosas, «así como despiertos, no. Pero OK, llamaremos así a eso». 

Creo que debo explicarles algunas cosas antes. 

A Lemuria se llega por mujeres que corren la voz de sus talleres o por testimonios de redes sociales que exfolian felicidad y gratitud. Estos también pueden encontrarse en videos modo selfie con centenares de reproducciones, donde personas hablan de una conversación crucial que las cambia para siempre. Una que los vincula con ellos, con sus sentimientos y emociones. Con eso que antes no pasa pero que cuando sí, estabilizan el timón y la manera de ver la vida. Antes de conectarnos, escojo un testimonio alojado en Instagram para convencerlos de esto. 

Es de una mujer mayor que se graba con su teléfono y esmero:

Es una persona maravillosa y que tiene una conexión con uno que se da desde el momento en que se hace clic para iniciar la sesión. Es impresionante como ella, a pesar de la distancia, va conectándose con lo que uno va diciendo sin siquiera haber hablado antes. Tiene un don maravilloso, de poder sentir lo que uno siente y verbalizarlo. Creo que de las cosas que más me ha costado de este periodo de sanación fue ponerle nombre a mi sentimiento. Entonces, poder conectarse con eso y poder ayudarme a conectar con mis sentimientos, fue una experiencia súper enriquecedora, bonita, pero también profunda y fuerte. A veces hay cosas que una  tiene guardadas y están ahí, y uno inconscientemente sabe que están y ella de alguna forma las encuentra

Acá otro relato, esta vez de un hombre joven que pierde la mirada en el horizonte cada cierto tiempo:

Han pasado ocho meses desde que tuve mi sesión de autosanación. Recuerdo que ese día salí con mucha energía, disparado en mi bicicleta hacia la casa, como que quería comerme el mundo. Ahora que ha pasado el tiempo, esa euforia inicial se ha transformado más bien en una paz, en un disfrute mío, por la vida, donde aprecio mucho más las cosas simples, como estar acá esperando el atardecer para disfrutarlo. Me llenan mucho más las cosas que hago. Al final, solté un montón de cargas que me estaba poniendo a mí mismo y que le podía echar la culpa a otras cosas, pero al final todo siempre era mío, porque era lo que creía. Ahora creo en mí, en lo que puedo lograr y creo en disfrutar. Me siento una persona mucho más feliz y cercana a mí mismo, y siento que he logrado conectar con ese amor que tengo y siento, y que puedo llegar con este amor a muchas personas y me relaciono con esas personas no desde yo buscar algo de ellos, sino de simplemente compartir. Lo que son, lo que soy, y disfrutar la vida.

Como les digo, a ella llego porque se define y la definen como una persona especial, como quienes giran tu cotidianidad en una tarde y te ofrecen un futuro menos lacerado. Cualquiera podría referirse a ella como una psíquica —como uno podría referirse a ella como Lemuria por el continente perdido—, pero ella prefiere manifestarse como un “canal”, o más bien como una “canalizadora”, porque vincula con algo que la gente no suele hacer y que es acceder a partes del cerebro que llevan a decir cosas como «oh, ella es psíquica», como ella se ríe. 

–En el fondo, soy un medio para que te veas a ti mismo. 

–¿Le pasaba seguido cuando era niña?

–Sí. Yo de niña tengo recuerdos. Imagínate, tengo de mi segundo día de nacimiento, porque recuerdo un limpio manotazo de mi hermano en la cara. Supuestamente el ser humano no tiene consciencia de eso y no es verdad, todo lo contrario. Recuerdo que a los cuatro años empecé a hacer contacto con otros seres, de hecho en Algarrobo fue el primer lugar en que vi un fantasma de un hombre. Me acuerdo perfecto, pero como era niña, no era la gran cosa. Siempre tuve encuentros así, sobre todo con extraterrestres, que son los que con más contacto hago. 

La cosa es que siempre fui súper sensible, muy perceptiva, muy intuitiva, siempre con un pequeño conflicto con las normas, pero no fue hasta los 16 en que empecé a tener experiencias paranormales y un cambio interesante. 

–¿Qué tipo de experiencias paranormales? 

–Empecé a recibir mensajes canalizados en sueños, vigilias y en otras formas que no entendía. Me hablaban mucho desde las palabras y las frecuencias, pero como que jamás sentí bien y estaba en esa dualidad en que, o soy esquizofrénica, o es verdad (ríe). De niña que gitanas y brujitos me decían que tenía algo específico que hacer, y yo les decía ya, ¿qué? (ríe de nuevo). Cosas normales que, a la vez, no lo son. 

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Lemuria comenta que hasta hace poco era una estudiante de preparación física en alto rendimiento, hasta que se corta la videollamada por inestabilidad de la conexión. 

Qué soslayo son esos segundos en que nadie te escucha ni ve de manera virtual, en que no sabes si eres tú o son ellos, porque entiendes que lo que en realidad estás haciendo es hablarle a una máquina inerte que puede caer en cualquier minuto. Una que te costó miles de pesos y que de seguro tiene más de ti que tú mismo. Una reflexión que puedo hacer por otros breves segundos, tal vez no en ese tono, tal vez no en ese ánimo, hasta que ella vuelve a mi pantalla para retomar la conversación. 

Se dedicó a esa carrera por dos razones. La primera, porque siempre fue deportista, mientras que la segunda fue más sincera que esa y decía relación a que antes, en otra época que al parecer no es ahora, se debía estudiar algo. Lo que fuera, pero algo. Entrar, posiblemente por una puerta, para luego salir, posiblemente por otra. Algo que ella prefirió vincular con su trayectoria en la danza, en actividades circenses y en una actitud deportiva que motivó su figura exhibida en sesiones de fotos, porque otra de sus facetas era ser modelo. 

Tenía buenas notas y de pronto se encontró trabajando como entrenadora, recordándolo como un gran paso de su vida pero que le hizo descubrir primeros y segundos disgustos con la sociedad. Le pregunto por uno y responde rápido: los estereotipos sociales de belleza. 

Lo veía en sus clientas y en su trabajo en un gimnasio, con intenciones más allá de la salud y por las que Lemuria les pedía que dejaran de seguir a todas las mujeres que en sus redes sociales significaban un punto de comparación. De entender el cuerpo mucho más allá del envase, porque era lo que las mantenía aquí, con vida, les decía con esmero. 

Lo vio en ella, cuando participó en un programa de televisión por cable en donde apoteósicas y reconocidas modelos hacían ejercicios aeróbicos y cardiovasculares junto a otras mujeres igualmente protocolares, todas ellas en ceñida ropa deportiva de marca. Algo que a Lemuria la seguiría manteniendo ligada a los productores del espacio, seguramente todos hombres interesados en el contenido comunicacional relacionado al buen estado físico y la vida sana. 

La cosa es que en 2019, dice antes de que se vaya nuevamente de la conversación por algunos segundos, conoció a su gurú. Alguien de quien habla como si no estuviera aquí —y que en realidad no lo está—, pero que igualmente parece decir presente de alguna forma, ya que lo comenta como si a él le fuese a molestar escuchar eso, “gurú”, pero ella igual lo hace porque “gurú” es la palabra que se usa para las personas que te llevan a tocar tu oscuridad y después tu luz.

No es cualquier persona. Es el inventor del término “autosanación”, o por lo menos el que se ocupa para ayudar a otras personas por medio de la canalización. Lemuria dice que lo conocía de antes pero fue desde el primer contacto que tuvieron, con una energía que nunca antes había experimentado, en donde entendió lo que nombra como “hermanos cósmicos”. Su felicidad llegó a lugares irreproducibles. Su vida cambió en distintos aspectos, dice con mirada expresiva en la videollamada. Nunca le había gustado una mujer y ocurrió. Nunca había conectado con tantos seres de luz y pasó. 

Siempre supo que tenía una tarea espiritual, la arrastraba al igual que cómo lo hace con su sombra en el verano, pero desde ese minuto la estaba cumpliendo. Sintió tanta energía esa vez que se encerró en su casa, como quien lo hace previo a tomar decisiones importantes. La situación tomó ribetes físicos. Incluso en un momento sintió cansancio, dolor de cabeza y en el entrecejo.

«Empecé a canalizar a un ser extraterrestre y fue muy extraño al principio, porque solamente tenía sensaciones corporales, pero según esas sensaciones entendía el mensaje. Tuve harto contacto con este ser y de pronto me comenzó a decir que debía ir a Colombia. En serio Chelo, algo me iba a pasar.». 

Ese algo fue coincidir con su “gurú” y con un camino que le cambió la vida de julio a septiembre de 2019. No podía obviar estas dimensiones que sentía de niña, que muchas veces calló pero que en sos momentos encontraban eco en su interior. Era el momento de tomar decisiones importantes. Dejó la universidad y su trabajo. Le dijo a su jefa de carrera que era médium y ambas terminaron llorando por la gratitud que significaba hallar el rumbo. Pronto ya estaba dedicada a sus propias sesiones de autosanación y clases piso pélvico, pues desde siempre trabajó con mujeres. Después sacó un libro y sus propios cursos online. 

Ella habla de todo esto como una etapa novedosa al comienzo y luego como algo que se tornó más común y abierto, así como tomar agua o sentir el sol, pues había veces en que no preparaba discursos, ejemplos, relatos, metáforas, hipérboles, lineamientos y básicamente, todo lo que iba a decir. 

–Las maneras en que me iba a conectar.

–¿Qué es la autosanación?

–Conectarte en presencia, sentir lo que tienes que sentir y ya. Lo que pasa es que es el amplio espectro de lo que te estoy diciendo. Autosanación es una forma de conexión contigo mismo. No es un método, no es una disciplina, nada de eso. No lo estructuremos porque no es una estructura, es algo tan real que solamente se siente. Tan de las entrañas, tan por sobre las cosas que les podemos poner nombre y etiquetar. 

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«Las emociones son una corriente electromagnética que va fluyendo por todo nuestro cuerpo. Si buscas tantra y todas esas disciplinas, te aparecerán esquemas de alguien meditando con toda esta energía y la Kundalini. Todos esos nombres raros que se refieren a un circuito, solo que ese circuito es más que solo nuestro cuerpo. El cuerpo es una antena, pero está anclada al centro de la galaxia y conectada hacia abajo con el planeta tierra. Es un trabajo cuando uno es egocéntrico y con ese miedo a ser. No me gusta decir que es un proceso, porque esa palabra se usa para excusarse y explicar por qué están en un estado de decadencia. No, es que estoy en proceso, y mentira, no es así, estás ahí quejándote de todo, pero si en el fondo estuvieras en proceso algo estarías haciendo. Es tu excusa, entonces cuando estamos procesados y no nos dejamos ser, estos puntos electromagnéticos se colapsan de energía. Eso va conectado a nuestras glándulas, por lo que una saturada electromagnéticamente de energía dispara tus hormonas y te pones adolescente, pero si lo vemos de un punto de vista energético, esto hace un cortocircuito. Y no es que la emociones en sí sean malas, sino que el canal que somos nosotros y nuestros cuerpos está mal. Porque no lo dejamos ser y Chelo, es algo tan simple. Es como, ¿tienes ganas de llorar? Llora, pasa la corriente, pero ahí empezamos con que no, el orgullo, el ego, la cosa y no. Pasamos a una vida haciendo cosas que mejor no queremos hacer, o a lo mejor no sabemos lo que queremos porque no nos damos las oportunidades de conocernos. Y la única forma de hacerlo y sanarse es sintiéndolo». 

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En este momento siento algo extraño que nunca antes me había pasado y recuerdo muy a mi pesar de que todo esto es una videollamada, lo que me preocupa aún más. Una de tantas que tengo en la semana y que me obligan a peinarme para reuniones matutinas, a ordenar lo que tengo atrás y a ajustar la pantalla a mis rasgos físicos y a la luz externa, pero que ahora es distinta. Algo se produce en mí y Lemuria por supuesto tiene una cosa que decirme: 

«Te siento en un poco de tensión. Tienes la mandíbula súper apretada y por este lado —la izquierda de mi frente, efectivamente— tienes una sensación rara, de punción, pero leve. Esto lo puedo captar no porque se vea, porque cómo voy a saber que te molesta la frente, pero yo ya estoy sintiendo todo eso. No me voy a abrir más porque yo canalizo todas estas cosas cuando centro un poco la atención. Pero te das cuenta que dije muchas cosas y no estoy cerca tuyo como para saber. Sucedió porque me conecté tanto conmigo misma que al final me terminé conectando con todo. Con lo que está aquí, con los cuerpos y lo que está sintiendo el tuyo. Y todo con un poco de concentración. No me viste haciendo ningún mambo místico, ni un sahumerio, ni un ritual, ni invocando nada». 

Para ella lo que acaba de ocurrir tiene que ver con una apertura de uno o del otro, pero que al fin y al cabo siempre termina siendo asunto suyo, porque sabe cómo llegar a eso que yo no y que por lo mismo le inspira respeto. Me explica que algo de la autosanación que siempre debemos entender es que su rol es de guía y como tal, abre vibracionalmente esa puerta como un canal de emociones. 

«Entonces, lo genial en la autosanación es que la otra persona debe tener muy claro que el resultado de eso no es responsabilidad mía. Todo esto es cerebral y no me puedo meter en un cerebro. Puedo interpretar lo que me envía pero no me meteré, no tengo ese poder. Por eso, cuando pasa, la gente empieza a comprenderse y es responsable y poseedora de todo». 

Así continúa. «Al principio, cuando se comienza con esto, siempre se relaciona a un concepto de muerte. Siempre digo que esto no es un patio de flores, no es bonito, lo pasarás mal, pero después, cuando te puedes sacar esa carga, como todo es vibracional, te vas dando cuenta de cosas que antes no. Empiezas a cambiar tus relaciones, tu comportamiento y tus reacciones. Es común que se piense que son los pensamientos los que marcan las emociones, pero es al revés. Son las emociones las que marcan tu pensamiento, porque piensas lo que escuchas, pero también con que –según su experiencia– un 60% de los pensamientos tienen que ver con información aprendida y acumulada en el cerebro. Y el otro porcentaje tiene que ver con lo que se escucha pero no por la oreja, sino que como frecuencia. Por eso no estoy de acuerdo con el coaching, porque es otra forma de autoengaño que consta de llenarse la cabeza de pensamientos bonitos mientras tu vibración puede decirte que no estás bien».

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–Ud. ejemplifica su rol de “canalizadora” con un adaptador de corriente eléctrica capaz de adaptar toda esa energía hacia un punto. ¿Cómo toman esa explicación sus pacientes y la gente que la sigue?

–Muchas veces de manera simple porque casi siempre están en la onda de que todo es terrible y de que no se puede salir de ahí, entonces el adaptador cambia la frecuencia y te dice “date cuenta de esto”. Yo soy un poco más práctica y pienso que esto es una cosa de decisión, pero no desde la mente sino que desde el cuerpo. 

–¿A qué se refiere?

–En que quitas ese adaptador y toda esa gente, como ya tuvo la experiencia de la autosanación, sabe cómo hacerlo y no te necesita más. De hecho, yo tomo pacientes para una sesión y eso me ayuda a que no se pegue gente como lapa, porque hay quienes se hacen adictos y desconfían tanto de su propio potencial que creen que una como canal es la que entrega todo. 

–¿Y cómo es?

–Es como mira, te guiaré, descubrirás tu luz, pero después con tu luz harás tu vida. Después no me molestes (ríe). Háblame si quieres, pero eres tú, no soy yo. Yo no me considero maestra pero creo que en general se hace eso. Todos tenemos lo mismo, sabemos lo mismo, pero hay alguien no lo recuerdan por A, B o C motivos no lo recuerdan.

–¿Ud. siempre trabaja con mujeres?

–Sí, aunque también trabajo con hombres en terapias, los que también se abren más a mí. No sé si antes era porque mi energía no estaba tan sanada o porque realmente tuve un cambio, pero sentía mucho enfrentamiento por parte de ellos y también joteo. Así como “me interesa lo que haces, pero en realidad te quiero coger”. Yo me doy cuenta de eso y muchas cosas más. 

–Me imagino, si descifra hasta los rostros…

–Con las chicas siempre ha sido más fácil y los hombres que llegan conmigo casi siempre están conectados a su energía femenina. Y la energía femenina va mucho en la sensibilidad, en el sentir, en la conexión con otro, y yo trabajo mucho eso desde la oscuridad, desde la muerte. Por ejemplo, con un chico me pasó que me hablaba de cosas de su universidad, de sus compañeros, y le pregunté por qué me había llegado algo relacionado con su papá. Y ahí me dijo que él murió y que posiblemente había un tema. 

–¿Podría hablarnos de otro caso?

–La otra vez me llegó una chica que se sentía profundamente abusada por otras mujeres, pero nadie le había hecho nada. Se sentía mirada en menos, pero no sabía por quién. A veces recibimos visitas de otros seres, familiares entre comillas. Los guías espirituales pueden ser manifestaciones de ti mismo que se proyectan físicamente, pero podrías ser tú mismo o compañeros de trabajo. Yo me he dado cuenta de los míos, que al final no son guías sino seres que trabajan conmigo, y que me dicen «no estás haciendo tu trabajo”.

–¿Siempre es igual?

–No, siempre es distinto. A veces igual me muero de susto porque es lo que te decía. Todo se siente en el cuerpo y de repente hay gente que lo siente más intenso. Cuando atendía presencialmente se empezaban a retorcer como el exorcista. 

–¿En serio?

–Recuerdo que era una chica que me consultó por una serie de abusos. Hablamos dos segundos y se fue a un trance. Uno manosea, entre comillas. Tocas las glándulas que soltarán esas toxinas y tienes una reacción electromagnética. Ella se retorcía y gritaba para todos lados. Lo chistoso es que después salen del trance y es una paz indescriptible para las personas. Se demoran en recordar qué pasó. 

–¿Pero qué le dijo?

–Que se acordaba de todo pero que no entendía nada. 

–¿Qué otro tipo de cambio han tenido sus pacientes?

–Tuve personas que se sanan de un día a otro de malestares físicos fuertes. Imagínate, una mujer que tuvo cáncer de útero, con todo lo horrible que eso significa, sin menstruación y mucho dolor, algo tremendo, conversó dos horas y nunca más. Se le quitó para siempre. 

–¿En serio? ¿Cuenta con otro caso similar?

–Una chica con vulvodinia. Como trabajo en el piso pélvico, sé de estas cosas. Es una hipertonía que además tiene sequedad, yagas, dolor, incomodidad. La vagina le decía que no se sentía bien y se le quitó de un segundo a otro.

–¿Qué tanto de racionalidad hay en todo esto?

–No soy de seguir maestros pero hay uno, llamado Sat Guru, que dice que entre más te identificas con tu mente, más lejos estás de tu esencia. 

–¿Lo considera cierto?

–Sí. Entre más pensamiento seas, más te costará sanarte. He descubierto que la palabra sanación no tiene nada de sanar porque en realidad no hay nada malo contigo, sino que todo se trata de integrar. Hay algo que me llega por canalización que no es nuevo pero al mismo tiempo sí, porque son pilares de la realidad y dentro de estos que tenemos acá está canalizar la información que estás viviendo. No es como un check list, como que algo ya está listo dentro de ti.

–¿Siempre implica desolación? 

–Hay gente que en las sesiones se muere de la risa. Que la pasan chancho y que viven cosas muy bonitas. Eso también es integración y sanación. Hay palabras que no me gustan pero que se utilizan desde el dolor como “estoy soltando”, y mentira. Estás con las cosas. O “estoy sanando”, que también es mentira. Estás en proceso. Otra es la palabra “conciencia”, en la que en realidad no somos conscientes porque nos rechazamos a sí mismos y es tremendo. Yo siempre digo que si vas a sufrir, que sea un rato. Un momento que te hagas la víctima, que patalees. Luego nada más. No vale la pena.

–¿Cómo se da todo este trabajo en cuarentena, a través de videollamadas como esta?

–No he tenido problemas. El 2020 fue mucho de aprendizaje para mí en cuanto a mi valor personal. Crecí con una conciencia que antes no tenía, porque ahora sé muchas cosas que el año pasado no sabía. Pero una de las cosas por las que me alejé fue de esa idea de que si supuestamente haces este trabajo espiritual, poco menos lo tienen que regalar. Yo sané mi merecimiento y estoy generando dinero en serio. 

–¿Cualquiera que lea esto puede participar de sus sesiones y talleres?

–A mí me gusta decir que todo es bienvenido mientras sea esencia, porque encuentro que quien está más conectado a su esencia tiene la apertura de comprender al otro sin juzgarlo ni pensarlo. Como que resuena. Quien sea esencia y quiera seguir conociéndose a través de mí, perfecto. Será un honor que esa persona sea un reflejo mío.